Listos para correr riesgos

Desde nuestro lugar de comodidad no podremos llegar muy lejos. Tendremos que aprender a correr riesgos. ¿Cuál es su posición frente a las circunstancias?

Cuando damos un paso adelante en nuestro propósito y perseguimos nuestros sueños, siempre hay un elemento de riesgo que acompaña nuestro viaje. El Salmo 139:23 habla de pedirle a Dios que nos pruebe y conozca nuestros pensamientos. Cuando nos proponemos seguir su plan para nuestra vida, estamos lanzando al viento nuestros propios planes. Es arriesgado; quizá dé miedo. Pero realmente vale la pena, porque sabemos que las manos de nuestro Salvador nos sostienen y que Dios, nuestro Creador, nos guía. Con el riesgo crece la confianza, y al igual que fuimos creados para el propósito y los sueños, fuimos creados para el riesgo.

Yo soy un claro ejemplo de cómo ser un éxito “repentino” en veinte años o menos. Me tomó años de martillar frenéticamente la puerta de la oportunidad antes de vender mi primera novela. Lo que descubrí durante ese periodo fue que cualquier cosa que valga la pena perseguir tiene un elemento de riesgo. Es arriesgado perseguir sus sueños porque, aunque existe la oportunidad de poder tener éxito, también existe la oportunidad de fracasar.

En Juan 10:10, Jesús dice: “…yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. El Señor no solo nos ha llamado a ser personas de fe seguras y fuertes, sino que este versículo deja totalmente claro que Él anhela que gustemos, veamos, olamos, toquemos, nos agarremos a la vida con ambas manos y gocemos de ella.

Sin embargo, con demasiada frecuencia nos conformamos con una hamburguesa en lugar de comer un filete. Tomamos lo bueno en lugar de perseguir lo estupendo. Aceptamos lo mínimo en lugar de pedir lo máximo. ¿Por qué hacemos eso? Yo creo que la mayoría de nosotros puede aceptar enseguida que Dios quiere que vivamos la vida al máximo: eso sena fabuloso. Pero cuando se trata de hablar de nuestros dones —nuestros sueños—, eso da miedo. Tenemos temor a ser llamados a hacer algo con ellos, y una vez que nos dirigimos por ese camino, no hay vuelta atrás.

Pero esa es la parte “abundante” de la que Dios habla. Cuando estamos en su voluntad, haciendo lo que Él quiere que hagamos, en su plan, ¡vivimos la vida, y lo hacemos plenamente!

 

Siempre ir por más

Es normal sentir temor cuando entramos en territorio desconocido o cuando probamos algo nuevo. Está bien sentir miedo, pero no podemos dejar que el temor nos paralice. No podemos permitir que la agitación evite que tengamos éxito en nuestros sueños.

En su libro Si quiere caminar sobre el agua, tiene que salir de la barca, John Ortberg observa que el temor es el tema del mandamiento más común en toda La Biblia: “Hay una frase de dos palabras en cada uno de los sesenta y seis libros de La Biblia, y esa frase es: no temas. Dios no quiere que tengamos temor. Él quiere que demos el paso y agarremos la vida, la vida abundante, con ambas manos y que nos gocemos. En el Salmo 34:8 Él dice: ‘Prueben y vean que el Señor es bueno; dichosos los que en él se refugian’. Esta es su instrucción más repetida. Él quiere que seamos fuertes y valientes. Puede confiar en Él. No tema. ¿Por qué nos manda Dios que no tengamos temor? El miedo no parece ser el más grande de los vicios en el mundo; nunca entró en la lista de los siete pecados capitales. Nadie recibe nunca disciplina en la iglesia por ser temeroso. Por tanto, ¿por qué les dice Dios a los seres humanos que dejen de tener temor con más frecuencia de lo que les dice cualquier otra cosa? Mi corazonada es que la razón por la cual el Señor dice tantas veces que no temamos es porque el temor es la razón número uno por la que somos tentados a evitar lo que Dios nos pide que hagamos”.

Hace mucho años, leí 2 Timoteo 1:7, que dice: “Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio”. Este se convirtió en mi versículo para la vida: siempre que siento temor, dudas, o no estoy segura de algo, repito este versículo para mí misma. Leo esas palabras una y otra vez, las interiorizo y las hago mías. Cada vez que firmo un autógrafo, cito ese versículo debajo de mi nombre como un recordatorio para mí y para otras personas de que con Dios nada es imposible.

Corredores ¡No temas! Dios quiere que yo sea una mujer de fe, una mujer de convicción, y quiere lo mismo para usted. Él quiere que caminemos con nuestros cabezas en alto, y no cabizbajos por la preocupación y el temor y con nuestros ojos enfocados hacia el suelo. Él quiere que estemos erguidos, llenos de confianza y de aplomo, con certeza en la seguridad de que Él está ahí con nosotros, caminando a nuestro lado a medida que corremos esos riesgos en nuestro viaje que el Padre diseñó para nosotros. Nos dice a cada uno de nosotros que nos levantemos y estemos orgullosos de quiénes somos y de lo que somos, y que no tengamos temor de utilizar los talentos que Él nos ha dado.

 

¿Y qué hay conmigo?

Somos creados para el riesgo. Eso significa que somos hechos para tomar oportunidades, para salir del molde que la sociedad ha construido y explorar las vastas áreas desconocidas de la vida que Dios ha hecho para nosotros.

Hace varios años, asistí a un banquete para escritoras y estuve sentada durante toda la ceremonia de entrega de premios. Anunciaron el nombre de la escritora que había vendido más artículos para revistas y, en medio de educados aplausos, la escritora se levantó y aceptó su placa. El siguiente premio era para la persona que había recibido más rechazos aquel año. Para sorpresa de todos, se levantó la misma mujer para aceptar también ese premio. Como Kennedy dijo en una ocasión: “Solamente quienes se atreven a fracasar mucho pueden lograr muchas cosas”. Cuando yo decidí por primera vez ser escritora, me sentaba cada mañana delante de aquella máquina de escribir rentada y repetía algo que leí en el libro El poder de ser positivo: “Creo que soy divinamente guiada; creo que siempre daré el giro correcto en el camino y creo que Dios abrirá camino donde no lo haya”.

Como ve, no solamente debemos creer en la guía de Dios, sino también creer en nosotros mismos. Dios nos da la raíz del sueño, pero sigue haciéndonos responsables a nosotros. Lograr nuestros sueños requiere varias cosas, y uno de los primeros pasos que debemos aprender a dominar es creer en nosotros mismos.

Cuando cree en usted mismo, algo maravilloso sucede. La confianza de poder lograr sus sueños ayuda a generar la energía física que usted necesita para alcanzar sus metas.

Cada viaje tiene que comenzar en algún lugar, y creer en usted mismo es el primer paso hacia el logro de su propósito. Una vez que cree que puede hacerlo, su mente automáticamente comienza a pensar en cómo puede hacerse. Cuando usted aplica a su corazón y a su vida pasajes como: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13), y dice esos versículos en voz alta, su propio entusiasmo trae como consecuencia que su mente piense de maneras de lograr sus sueños.

Se dice que Abraham Lincoln dijo: “Las personas son tan felices como se proponen en sus mentes serlo”. Yo creo firmemente que este concepto también encaja en otras áreas de nuestra vida. Somos tan exitosos como nos proponemos serlo en nuestra mente.

Si usted batalla para creer en sí mismo, por favor, no olvide que Dios cree en usted. Y si Él cree en usted, usted tiene todas las razones del mundo para creer también.

 

En el camino

 

No puede seguir sus sueños si no entiende su propósito, y no puede correr riesgos si no está apasionado por sus sueños. Pero ninguna de estas cosas puede tener lugar si no cree en usted mismo.

Hace algunos años leí un estupendo libro de Pitino titulado El éxito es una elección. Me gustó tanto que escribí una reseña. Este entrenador de básquet da justo en la diana al decir que antes de que algo pueda suceder, uno tiene que merecer primero el éxito.

Su teoría es que no hay atajos para ganar o, en otras palabras, para encontrar el éxito dondequiera que sus sueños lo lleven. Nada significativo o duradero puede lograrse sin mucho trabajo.

Entretejidas aquel libro habla de actitud, acción y persistencia. Es ahí donde todo comienza: creer en nosotros mismos y luego trabajar duro para asegurarnos que nuestros sueños se cumplan. También comienza con oración. Veo que cuanto más oro por algo, más se alinean mis intereses con los de Dios.

Tenemos que aprender a tomar el control de nuestra propia vida: a aceptar las responsabilidades por nuestro éxito o por la falta de él.

Por Debbie Macomber

~ por blogzonacristiana en septiembre 2, 2013.

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